Teorema de incompletitud de Gödel


Kurt F. Gödel, en «Sobre las proposiciones formalmente indecidibles de los Principia Mathematica y sistemas afines» [paráfrasis]:

«Existen argumentos lógicos imposibles de ser deducidos verdaderos o falsos; entre ellos, la coherencia de dichos razonamientos.»

La existencia verdadera o falsa de algo (por ejemplo, las piedras; al contrario, las hadas), no implica que la misma sea demostrable así, ni que deba o no tenerse fe en cualquiera de estas posibilidades.

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La creatividad surge de hallar –pensando diferente del resto– ideas absurdas, para así nuevamente pensarlas y darles coherencia.

Ahí la importancia de la Lógica: porque sólo con ella es posible tanto hallar los absurdos como obtener la coherencia.

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miércoles, 26 de junio de 2013

HERR WARUM

Don Porqué necesitaba de la realidad para vivirla, para querer sin culpa, para ser feliz. Muy importante le era tener la evidencia de lo cierto, o lo que aparentemente es cierto, pues él lo sabía, existen cosas que intrínsecamente son de veracidad imposible de reconocerse. Y entre tanto deseo de creer en la certidumbre de la naturaleza, tanto amor científico y tanto apego como cariño por el Universo, enmarañándose con la cotidianidad de lo mundano observó como parte de su entorno por descubrir la presencia de Don Dinero. Las primeras palabras entre ambos sujetos de intereses polares fueron el resumen atinado en su relación futura: Don Dinero apuntó con descaro «usted no rinde» a lo que Don Porqué señaló «usted no entiende». En efecto, Don Dinero no entendía nada y en consecuencia, Don Porqué debía maquillar las cifras de su obra, dado que sí rendía aunque muchas veces en especie o en experiencia o simplemente en prestigio. Su trabajo producía metálico, sí, pero de un modo sutil, ya que los hechos del diario mezclados con la sazón de la Lógica aportaban ganancias inesperadas a los interesados en lo útil. No obstante lo oneroso de las contribuciones de Don Porqué y lo eficiente que él resultaba ser, Don Dinero permanecía incrédulo, considerando que si el metal no llegaba a sus bolsillos, era debido a la holgazanería de los demás siendo su mejor candidato en cuanto inutilidad el embatado. Don Dinero, cubierto por el negro manto de la ignorancia, no concebía la eficiencia de Don Porqué el mismo que sin mover un dedo, sino utilizando el cerebro, sin fatigarse tanto, era capaz de llevar a término lo que fuese. La aparente pereza de Don Porqué, esa que no representaba más que la extrema eficiencia y audacia del hombre, era el motivo por el cual Don Dinero incidía con desdén para desbaratar el área de trabajo de Don Porqué. No dudaba el amante del razonar de las intenciones de Don Dinero, mismas que llegaron a sus oídos por el apoyo de algunos y la cizaña de otros más, las mismas que él ya había previsto con su mente aguzada, sin embargo las ocupaciones diarias y lo demandante del Universo hiciéronle olvidarse de un problema que le atañía y que pretendía inconscientemente eludir. Don Porqué sólo tenía mente y espíritu para dejarse llevar por la vida, para asumir los hechos de la realidad como parte de su felicidad, como parte de sus recuerdos que no eran bellos ni grotescos, sino espontáneos. Un hombre para el cual cuanto más transcurría el destino más se percataba de que éste ya estaba determinado. Él era un hombre que solía tener quebrantadas las ilusiones por la venida aplastante del presente, un hombre que sabía lo que anhelaba y sentía sin temor, un ser sin escrúpulos al instante de observar con diligencia en ocurrir de cada fenómeno, el ocurrir de las cosas. Aprovechando la debilidad de Don Porqué, Don Dinero consiguió expulsar del ámbito a su enemigo. No le fue difícil, menos aún si los dueños del capital principal son de los Dones ignorantes, o peor, de los Dones sin interés que para ahuyentar a cualquier mosca son capaces de darle miel para beber, pues es lo que otros aconsejan y ellos no cuestionan por ser esclavos del ocio común. Y la notificación de una victoria absurda no se hizo esperar. El mismo día en que Don Porqué cumplía años, Don Dinero acudió con toda su dignidad de disfraz para despedir a un hombre que sin miedo aceptó la partida obligada, no sin antes hacer muestra de su dignidad de fundamentos al despedirse de los amigos y asegurarse de conservar una estrecha comunicación con ellos. Don Porqué no tuvo que hacerse muchas preguntas para tener en claro lo acontecido. Su vida en aquel día de celebración continuó y jamás habría él de dolerse por tal o cual equívoco mientras el Universo siguiera en todas partes y él pudiera creer en la certeza de los hechos.

Al día siguiente fue buscado por Don Oportunidad. Éste hombre no tenía tanta confianza en el Universo y su naturaleza de designios predispuestos, situación que si en algún instante le interesó fue por amistar con Don Porqué y por tener en la intuición la idea de que en verdad aquello ocurría. Viendo el valor de aquel espécimen y casi jactándose de su propio nombre de cazatalentos, le ofreció trabajo. Don Porqué, a pesar de carecer de la astucia suficiente para observar lo que Don Oportunidad podía sentir en un solo suspiro del mundo, aceptó. La experiencia y el cortejo que siempre había tenido Don Porqué con el sentido común hiciéronle esta vez aceptar la oferta. Dispuesto al trabajo y de muy buen talante, Don Porqué continuó con lo que siempre había sabido hacer. Nadie le reprochaba nada esta vez. Al contrario, lo respetaban, si bien no entendían el sentido productivo de aquella persona tan ensimismada, pero que siempre conservaba el buen humor. Lo admiraban varios allí por la sapiencia al comienzo, y después por la virtud de su sencillez. Al cabo de cierto tiempo, la prosperidad que siempre lo había acompañado fue bien recibida por el resto, con los brazos abiertos a las novedades de sus técnicas y las simplificaciones de su esencia. Nada era tardado o desesperado con Don Porqué. En poco tiempo todos vivieron la armonía emanada por un ser que detestaba las complicaciones protocolarias y que llegó para facilitar el trabajo de los otros. No lo hacía por amor al prójimo y él lo sabía, ni era recibir metálico su mayor motivo. Con tal poder de síntesis del tiempo, aquel ente de aura callada y a la vez segura de sí misma, mostró el ejemplo del orden. También impuso la calidez. Esto fue su mayor logro al quitarle esfuerzo innecesario a la vida de todos, y al poner como estandarte su interés sin ambición por los demás. Sólo así comprendieron que la Luna estaba en el firmamento porque así tenía que ser, o bien, que dejaría de estarlo porque así también tendría que ser. Según él, en ello radicaba la naturalidad de los objetos, aún los sometidos al arbitrio del devenir azaroso que parecía conocer Don Porqué. Grandes amigos y entrañables momentos habría de encarar él, como aquella ocasión de sorpresas al año siguiente, cuando encontró un canasto lleno de mazapanes que degustó acompañado por gente entrañable como Doña Verbena, esa mujer que aprendió la importancia de las personas y que terminó por admitir con gran gratitud la llegada de catorce jóvenes ávidos de ejercer su propio conocimiento colaborando con todos y teniendo como mentor y muy querido amigo a Don Porqué. Muy lejos quedaron los entripados inspirados por otros Dones que terminarían solos, en la obscuridad del orgullo. Muy lejos quedaba también la soledad por incomprensión en vista del amor fraternal que evocaba su presencia.

20 de Septiembre de 2012
 
[Esta entrada participa en la III Edición del Carnaval de Humanidades alojado por Luis Moreno Martínez en el blog El cuaderno de Calpurnia Tate.]
 
 

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